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    07 January

    Patente de Corso "36 aguafiestas"

    Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte

        TREINTA Y SEIS AGUAFIESTAS

    Lo bonito del putiferio en el que, poco a poco, nos instalamos con toda
    naturalidad, es que las películas de Berlanga empiezan a ser, comparadas
    con el paisaje actual, versiones sosas de lo nuestro. Eso está bien, pues
    con algo hay que disfrutar antes de palmarla. Y los periódicos, y los
    telediarios, y tender la oreja al runrún de cada día, deparan momentos
    sublimes de juerga moruna. Dirán algunos que de ciertas cosas no hay que
    reírse, pues nada tan virtuoso como la indignación ante la injusticia o la
    estupidez. Pero uno acaba por asumir lo evidente. En España, la justicia,
    las virtudes y la indignación ajena importan un huevo de pato. Derechas,
    izquierdas, nacionalistas y demás oportunistas, ciudadanos de infantería
    incluidos, cada cual va a lo suyo. Impasible mientras no le toque. El héroe
    nacional no es don Quijote, sino don Tancredo. De manera que, como
    analgésico, a veces resulta útil atrincherarse en la risa. Reír, según la
    manera, es también un modo de ciscarse en su puta madre. En la de ellos
    –rellenen ustedes con nombres la línea de puntos– y en la de los incautos e
    imbéciles que los engordan.

    La última es finísima. Buscando los restos de doce republicanos asesinados
    en el pueblo turolense de Singra, una asociación para la recuperación de la
    llamada memoria histórica desenterró hace más de un año, por error, treinta
    y seis cadáveres de soldados muertos durante la Guerra Civil, en la batalla
    de Teruel. Examinados los restos por un equipo de arqueólogos y forenses, y
    tras comprobar que allí nadie había sido fusilado, sino que todos eran
    hombres –muchos muy jóvenes– muertos en combate, los bienintencionados
    desenterradores no supieron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa.
    De haber sido los doce republicanos asesinados, la historia habría salido
    redonda: homenaje a las víctimas, malvados nacionales y demás parafernalia.
    Incluso con soldados leales a la República, el asunto habría tenido por
    dónde agarrarse. Pero se daba la incómoda circunstancia de que los muertos,
    enterrados en fosa común en el mismo campo de batalla, pertenecían tanto al
    ejército nacional como al republicano. Eran de los dos bandos, mezclados en
    la barbarie de la guerra y la tragedia de la muerte. Españoles sepultados
    juntos, como debía y debe ser. Como lección y homenaje, deliberado o
    casual, de sus enemigos y compañeros. Así que imaginen el papelón. Nuestro
    gozo en un pozo, colega. Esto no hay quien lo venda al telediario. Treinta
    y seis aguafiestas jodiendo el invento.

    Pero lo más fino es la solución. Tan de aquí, oigan. Tan española.
    Disimula, Manolo, y silba mirando para otro lado. Unas cajas de cartón, el
    alijo dentro, y los treinta y seis juegos de huesos depositados en las
    antiguas escuelas del pueblo. Guarden esto aquí un momento, háganme el
    favor, que vamos a comprar tabaco. Hasta hoy. Y mientras escribo esta
    página, los despojos llevan trece meses muertos de risa, metidos en las
    mismas cajas, sin que nadie se haga responsable. El alcalde de Singra, que
    es socialista, anda un poquito mosqueado, diciendo que no está bien tener
    ahí los huesos de cualquier manera; que cualquier día entran unos perros y
    se ponen ciegos mascando fémures de ex combatientes, y que los de la
    asociación desenterradora tendrían que hacerse cargo del asunto, comprar
    féretros y sepultar aquel circo como Dios manda. Y los otros, por su parte,
    llamándose a andana. Diciendo que, como no son los familiares que buscaban,
    pues que tampoco hay prisa, buen hombre. Ni se acaba el mundo ni nos corren
    moros, que decían los clásicos. La asociación es modesta, no está para
    muchos gastos, y ya se hará cargo cuando buenamente pueda. Si puede.

    Y claro. Uno piensa que, por azares de la vida y de la Historia, quien pudo
    acabar en esa fosa tan alegremente abierta pudo ser mi tío paterno, el
    sargento republicano de diecinueve años Lorenzo Pérez-Reverte; o el alférez
    nacional Antonio Mingote Barrachina, que es la bondad en persona, con quien
    me siento cada jueves en la RAE; o el padre de mi compadre Juan Eslava
    Galán, que hizo media guerra en un bando y media guerra en otro. Y los
    imagino a todos ellos, o a otros como ellos, descansando tranquilos y a
    gusto desde hace setenta años en su fosa común de Singra o de donde sea,
    bien juntos y revueltos unos con otros, rojos y nacionales, tras haberse
    batido el cobre con saña cainita y mucho coraje, como Dios manda. Y en eso
    llega una panda de irresponsables, les pone los huesos al aire y los deja
    en cajas de cartón, porque en realidad buscaban a otros. Y las quejas, al
    maestro armero. E imagino sus chirigotas y carcajadas de caja a caja y de
    hueso a hueso. Fíjate, compañero. Memoria histórica, la llaman. Hay que
    joderse. ¿Sabrá un burro lo que es un pictolín? Triste y estúpida España,
    la nuestra. La de entonces y la de ahora. Por esta peña de subnormales no
    valía la pena matarnos, como nos matamos.